En un entorno económico dinámico, comprender los límites internos que dictan la expansión de una empresa es esencial. La tasa máxima a la que una empresa puede crecer sin recurrir a capital externo es un indicador clave para directivos e inversores.
La tasa de crecimiento sostenible (SGR) mide el ritmo al cual una compañía puede aumentar sus ventas, activos y dividendos indefinidamente, manteniendo constante su apalancamiento. Se basa en el rendimiento de los recursos propios y en la capacidad de reinvertir utilidades sin alterar la estructura de financiamiento.
Este indicador surge de la necesidad de conectar las operaciones actuales con la valoración futura, especialmente al determinar el valor terminal en análisis DCF. Su comprensión facilita la formulación de planes estratégicos ajustados a la realidad financiera interna.
Para desglosar la ecuación, es útil entender cada variable:
Si una empresa reparte el 40% de sus utilidades, retiene el 60% (b = 0,6) y logra un ROE del 15%, la SGR se calcula como 0,6 × 15% = 9%. Este resultado representa el crecimiento máximo sostenible sin cambios en deuda o capital.
Este cálculo no solo sirve para planificar la expansión, sino también para comunicar a accionistas y analistas el potencial real de crecimiento respaldado por resultados históricos.
Más allá del escenario de financiamiento interno puro, existen variantes que contemplan un endeudamiento constante. Al mantener estable la relación deuda-capital, la compañía puede aumentar su SGR hasta cierto punto.
En el sector financiero, estudios del Banco de España registraron tasas de crecimiento sostenible entre 10.36% y 11.74% según el tipo de entidad, evidenciando cómo las prácticas de reinversión y apalancamiento varían por modelo de negocio.
La SGR está condicionada por múltiples elementos interrelacionados:
Cuando el ritmo de crecimiento actual excede esta tasa, la empresa se enfrenta a la necesidad de buscar fondos externos o revisar sus políticas, riesgo que puede derivar en una expansión no equilibrada de la empresa y afectar su solidez patrimonial.
Entre 1995 y 2000, los bancos y cajas españolas mantuvieron SGR cercanas al 11%, muy por encima del crecimiento del PIB nacional.
Estos datos evidencian el límite financiero interno basado en las prácticas de retención y apalancamiento de entidades bancarias.
En los modelos de descuento de flujos (DCF), la SGR define la tasa de crecimiento terminal. Estimar un ritmo superior sin respaldo interno puede distorsionar el valor de la empresa y generar expectativas infundadas.
La distinción entre crecimiento interno puro y sostenible (con deuda estable) es crucial para establecer planes financieros realistas y preservar la salud a largo plazo.
En la práctica, quienes valoran empresas deben ser cautos: asumir una tasa de crecimiento superior a la SGR sin fundamentos sólidos puede inflar las estimaciones, provocando sobrevaloraciones y decisiones de inversión basadas en supuestos irreales.
A nivel agregado, el PIB de España entre 1995 y 2000 osciló entre el 2.3% y el 4.3%, muy por debajo de la SGR promedio del sector bancario. En el ámbito ambiental, los estudios de David Suzuki alertan que los ecosistemas solo soportan 1.5-3% anual de crecimiento sin degradación.
La huella ecológica global excede capacidad planetaria desde principios de siglo, lo que refuerza el argumento de que un crecimiento ilimitado es insostenible en el largo plazo, tanto financiero como ambientalmente.
Autoras como Meadows han argumentado que, al igual que en economía, el crecimiento físico ilimitado choca con barreras de recurso y energía. En este sentido, finanzas y ecología convergen al señalar que la sostenibilidad es un concepto multidimensional.
Para elevar la capacidad de crecimiento interno, las empresas pueden:
Estas medidas requieren coordinación entre dirección financiera y operativa, fomentando una cultura interna orientada a la mejora continua y al mantenimiento de una postura conservadora en materia de financiamiento.
La tasa de crecimiento sostenible representa el cruce entre finanzas y estrategias corporativas, fijando un tope realista para la expansión. Comprenderla y aplicarla permite a las organizaciones trazar rutas de crecimiento equilibrado y a los inversores calibrar expectativas con base en la solidez interna.
Solo así será posible alcanzar un desarrollo congruente con los objetivos de largo plazo y respetuoso con los límites económicos y naturales.